Crónicas de Holanda: Arnhem, las huellas de la guerra.

El día se levantaba radiante, un sol espectacular alumbraba una mañana que pretendía ser perfecta. Sentado cerca de la mesita de café fumandome un cigarro y practicando uno de los deportes favoritos de los holandeses, contemplar por la ventana el ir y venir de la gente, estaba esperando a que mi compañero de viaje se despertara. Mientras, el teléfono marcaba el número de mi casa, una llamada matutina para comprobar que las cosas a más de mil kilómetros de donde me encontraba iban perfectamente.

El dolor en mis pies era un síntoma de que la visita a La Haya había sido muy gratificante, pero al abrir las ventanas y ver la magnífica ciudad de Arnhem todos esos dolores desaparecieron súbitamente. Estaba listo para tomar mi ducha matutina, cuando de repente en la televisión vi un documental sobre la operación Markett Garden que llamó mi atención.

Me encontraba en la ciudad que había sufrido uno de los mayores impactos de la II Guerra Mundial y la oportunidad de ver esa historia, que a los españoles por suerte nos robaron, se presentaba más cercana que nunca. Aunque pensándolo bien, no es que fuera una gran suerte pues habíamos tenido ya nuestra guerra, la guerra entre hermanos que nos había dejado mermados culturalmente y que ha impedido nuestro desarrollo a un nivel como el de Europa central.

Al salir a la calle un grato olor se arremolinaba en mi nariz e igual que en los dibujos animados, parecía como si una mano invisible me guiara hasta su origen. Al llegar al pequeño puesto en mitad de la calle, una frase de mi amigo Gonzalo apareció en mi mente como una revelación “Cuando visites Holanda no se te puede olvidar probar las Stroopwafles”. Dicho y hecho, compré algunas de esas galletas y me dispuse a disfrutarlas. Ese pedacito de cielo crujiente, hecho con cariño por una chica que llevaba años trabajando en ese puesto me pareció perfecto para empezar la mañana.

El camino hacia el Airbone Museum era muy entretenido, e incluso podía haberlo hecho en bicicleta (como casi todo en Holanda) pero decidí hacerlo paseando por diferentes partes de la ciudad, contemplando con asombro las maravillosas casas de los barrios más ponderados, que junto a las humildes casas de aquellos a los que no les es posible comprar una hacen de la ciudad una estampa de cuento.

Buceando por la periferia de la ciudad iba siguiendo incansablemente la ruta que me llevaba al Airbone Museum, un lugar emblemático de la segunda guerra mundial. Instalado en la mansión Huize Hartenstein que sirvió de cuartel general a las tropas del general Roy Urquhart en la operación Market Garden para llegar a Alemania antes de navidad.

Ante mis ojos aparecía un bosque cerrado que me hacía sentir casi como Hänsel y Gretel, me di cuenta que entre los árboles y la fina lluvia que comenzaba a caer sobre mí parecía que estaba entrando en los paisajes de los cuentos de los hermanos Grimm entonces al levantar la vista apareció un tanque, una de esas máquinas de guerra que asolaron Europa allá por 1944.

Era la entrada a la mansión donde estaba ubicado el famoso museo, al entrar un aroma a historia embriagaba toda la estancia, la mujer que se encontraba en la recepción era mayor, y eso le daba al lugar la sensación que he mencionado.

El Museo esta escalonado en varias plantas que te muestran los pedazos de la historia que sobrevivieron a las continuas batallas, las invasiones paracaidistas para liberar la vieja Europa del dominio nazi, y las hazañas que los propios habitantes de las ciudades realizaban en eso que nosotros llamamos hoy, resistencia.

Sentado en la sala de la primera planta donde visionaba los videos tomados durante la operación Market Garden, me sentía de verdad como el extranjero que era, viendo los videos en holandés y alemán hasta que todo cambió al inglés donde de verdad me comenzaba a sentir cómodo después de los tres días que llevaba en el País.

Las reliquias de la guerra se mostraban ante mí perfectamente organizadas como buen país centro europeo, podía comprobar con mis propios ojos que el tiempo que aunque ya pasó, aún no se ha olvidado. Las huellas de la guerra aún no se han borrado de la piel de nuestro continente, algo que en realidad sí que me da un poco de miedo, pues las situaciones actuales no ayudan mucho a seguir avanzando.

Viajando de batalla en batalla, como cada planta del edificio, llegue a la más grande, y a la vez me sumergía aún más en la gran batalla por el control de los puentes de Arnhem, y esto fue gracias a la gran experiencia que te brinda el museo, donde te sientes como uno de esos soldados paracaidistas que se lanzaron en 1944 sobre las tierras neerlandesas, entrando en uno de esos aviones, escuchando al general Roy Urquhart, y apareciendo en un camino, rodeado de jeeps, tanques, armas antiaéreas y demás objetos recuperados y restaurados después de que los aliados ganaran.

Como colofón final, llegas a la ciudad, donde encuentras tal fiel reproducción de cómo fue todo que incluso tenía la piel de gallina al escuchar los sonidos de las bombas, las ametralladoras y los gritos de los heridos, al ver los coches de época y edificios destruidos se me encogió el corazón de saber de lo que somos capaces los seres humanos cuando nos escudamos en los nacionalismos y las banderas, cuando las ideologías son más importantes que las personas.

Metido en estos pensamientos, salí del museo, no sin antes dejar mi firma en el libro de visitas, y recibir de aquella entrañable señora de la recepción las indicaciones para llegar al cementerio de los soldados aliados que combatieron aquí y al cual este museo les pertenece.

 

Volvía caminar por las afueras de la ciudad pero esta vez adentrándome aún más en los pequeños caminos que circuncidan el bosque, las señales me guiaban hasta mi destino, el cementerio de la guerra alejado a un par de kilómetros del museo y saliendo del bosque te encuentras con uno de los barrios más exclusivos de Arnhem, y eso lo sabes bien por las casas y los vehículos.

Después de ver esto se llega mediante un camino de tierra al lugar donde descansan los valientes que defendieron la libertad, ahí es donde te das cuenta del respeto que generan esos lugares de reposo eterno, sembradas sobre un manto verde impecable, se encuentran más de 1800 lapidas, de aquellos que lucharon por todos. La importancia de este lugar es tal, que los propios vecinos son los que cuidan de él, regando las flores sembradas junto a las lapidas, y manteniendo el cementerio impecable, en recuerdo a aquellos que los ayudaron.

Mi visita a este lugar acaba con el sentimiento de que aunque los seres humanos a veces son perores que los animales, siempre habrá un rayo de luz, una última esperanza de que la gente de bien siempre prevalecerá sobre aquellos que quieren destruir todo o verse coronados con falacias, apareciendo por encima del resto como la enfermedad que destruye los cuerpos, y en este caso, sobre la humanidad.

Vuelvo caminando a la ciudad de Arnhem imbuido en este sentimiento cuando la voz de mi compañero de viaje y anfitrión Hans me trae de nuevo al mundo actual, para recordarme que al día siguiente teníamos la visita al parque de atracciones de Walibi Holland, del cual os hablaré en el próximo post.

Un saludo y nos vemos en el camino.

Pedro E. Juzgado.

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