Crónicas de Holanda: Final de un viaje de ensueño

Llega el final de la historia, mis Crónicas de Holanda se terminan y como no podía ser de otra forma había planeado este último día para terminar el viaje en la ciudad de Arnhem.

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Por casualidad recibí un flyer en mitad de la calle que me invitaba a asistir al festival de teatro al aire libre en Sonsbeekpark, el parque más famoso de la ciudad.

Festival de teatro en Sonsbeekpark.

Como cada mañana, nos habíamos levantado temprano y justo después de desayunar u café con tostadas nos pusimos en marcha hacia Sonsbeekpark, al otro lado de la ciudad de Arnhem.

El día, con sus luces y sombras, parecía decirme que se acercaba el final del viaje, así que debía disfrutarlo al máximo.

El camino al parque estaba sembrado de enormes casas, todas ellas con su jardín frontal, en esta parte de la ciudad (la más exclusiva de Arnhem) era una zona extremadamente limpia y cuidada.

El sonido de la música que llegaba desde lo alto de la colina me sacó de estos pensamientos, pues la curiosidad podía más que la imaginación. La visión que aparecía ante mí mientras me acercaba a la pequeña colina, parecía más bien de otro tiempo, las coloridas carpas salpicadas sobre el verde césped se asemejaba a esos paisajes idílicos medievales, donde los artistas representaban sus obras viajando de pueblo en pueblo.

Las carpas en la cercanía eran bastante pequeñas y en ellas se representaban obras teatrales en la intimidad que te da actuar delante de diez personas, que era el número máximo de asistentes por obra.

En la parte central de la colina se situaba la carpa más grande, la que estaba destinada a albergar el bar, lugar favorito de estas gentes el norte y donde las conversaciones se entremezclaban con las risas y las cervezas creando un ambiente familiar y acogedor.

A su alrededor se encontraban los puestos de comida de todas partes del mundo, los cuales eran uno de los lugares más visitados por los visitantes del festival.

Un trocito de España

Mientras caminaba por Sonsbeekpark contemplando el paisaje, los pequeños cervatillos se acercaban a las vallas a saludarme, o más bien a pedir un trozo de comida que era a lo que estaban acostumbrados, fue ahí cuando volvía a escuchar una música, pero esta vez era bastante familiar.

El pequeño pasillo florar que dividía el parque, las escaleras de piedra natural y esas esculturas me acercaban poco a poco al sonido. Cuando lo tuve delante vi algo que hizo que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.

Un grupo de niñas, bailaban sevillanas junto a su profesora delante de una gran expectación de holandeses, en ese momento me sentí verdaderamente orgulloso.

Dadawan Korean Food

Después de visitar el parque volvimos a la ciudad a comer algo, aunque no era la usual hora holandesa de la comida, mis amigos querían bajar a comer a Dadawan Korean food.

El restaurante es un remanso de tranquilidad en la ajetreada vida de los ciudadanos de Arnhem.

Al entrar descubres que los holandeses disfrutan de la comida en silencio, el ruido allí está muy mal visto, incluso a veces nos resulta hasta extraño, para aquellos que venimos del Sur de Europa.

La comida es realmente deliciosa, tienen buena calidad en sus platos de carne y como no podía ser de otra manera, en los excelentes pescados.

 

Por mi parte elegí una de las especialidades de la casa, un bol coreano, estos boles vienen fabricados en piedra, la cual calienta hasta una elevada temperatura, tan elevada que el camarero te informa de que no agarres el bol con la mano ya que te puedes quemar.

En el interior una mezcla de arroz, verduras, y gambas o carne a tu elección, todo ello regado con la salsa que desees (las hay de varios tipos), yo en mi caso, elegí la salsa Dadawan, una especie de salsa de soja mezclada con diferentes especias, la cual daba al plato un toque delicioso.

La experiencia de comer en Dadawan fue todo un descubrimiento, pues tanto la atención como la comida fueron delicadamente increíbles.

Un viaje inesperado

Al término de la comida, como dije al principio en una un poco particular, en lugar de dirigirnos al centro o a casa, nos pusimos en marcha hacia la estación de trenes.

Me tenían reservada la sorpresa de ir a visitar la ciudad natal de Hans, Sittard.

Sittard en una ciudad pequeña, tan solo 48 mil habitantes. La Industria conformó su paisaje actual, atrás quedó ese pasado de incendios y guerras que destrozaron todo y de la que milagrosamente salvó su centro histórico.

La historia reciente de Sittard revela un fuerte vínculo con la minería del carbón, la cual impulsó el crecimiento económico de la ciudad hasta su cierre en los años 60-70.

Visitar su centro histórico fue una grata experiencia, poder contemplar ese lugar que sobrevivió a tantas catástrofes fue algo mágico.

Un último destino.

El final de la aventura se vislumbraba como el final del carril bici en las calles de Sittard junto a la estación. Mi maleta me acompañaba a casa junto al soniquete de sus ruedas por el andén, mientras volvía a casa para descansar y coger el avión.

Sentado en el tren, intentando comprender el idioma neerlandés mientras escuchaba a unas personas mayores hablando de sus quehaceres diarios me di cuenta de que el tren no iba hacia Arnhem si no que íbamos encaminados a visitar la ciudad de Maastricht.

Al llegar a la ciudad desde la estación de trenes observas su perfil situado a las orillas del rio Mosa de donde Maastricht toma su nombre.

Nada más introducirte entre sus calles, te das cuenta de que Maastricht es la ciudad menos neerlandesa de toda Holanda, ya sea porque está alejada de la capital Ámsterdam (Unos 230km) o tal vez sea por estar tan al sur y no recibir ese clima norteño de ciudades como La Haya, sea por lo que sea Maastricht es diferente.

La gente está más acostumbrada a disfrutar de la vida, sentarse en las terrazas de los bares a disfrutar de una buena cerveza, su oferta gastronómica destaca atípicamente y su población cosmopolita con un innovador ambiente de alta moda y estilo de vida distinto al resto del país lo que le conforma una identidad propia.

Por su situación entre Bélgica y Alemania, posee muchas características que compartidas entre los tres países crean una ciudad única en el mundo.

Y en mitad de todo esto me encontraba yo, paseando por el centro histórico de la ciudad, contemplando las maravillosas construcciones que han perdurado aquí durante siglos. Y como si de una pistola se tratase, el reloj me obligaba a no dejar de andar, mientras se acercaba la hora de partir, de volver a España.

Entre toda esta vorágine de sensaciones dos lugares captaron mi atención de una forma sobrehumana.

La primera fue la iglesia convertida en biblioteca, una idea increíble que me dejó boquiabierto nada más traspasar sus puertas.

La segunda, la torre roja de la Iglesia de St. Jankerk, una autentica belleza que resalta sobre el gris y marrón de todas las construcciones de la ciudad.

Con esta increíble vista me despido de la ciudad de Maastricht y pongo rumbo a la estación de trenes donde marcharé ahorra si, al aeropuerto de Eindhoven para finalizar mi viaje.

Hasta la próxima Holanda.

Todo tiene su fin, dice una canción de los Módulos versionada por Medina Azahara.

Y es ahora, mientras el coche de Hans me acerca al aeropuerto, ya solo quedará vivir el recuerdo, sentir que las experiencias vividas forman parte de uno y que un poquito de mí se queda en este maravillosos país y que me llevo, por supuesto, un mucho allá donde vaya.

Para el último momento de despedida, me acompañan Eva y Hans al aeropuerto, donde fumamos un último cigarro antes de cruzar las puertas que me llevarán al avión de vuelta a España.

En mis ojos se agolpan las lágrimas, lágrimas de tristeza y felicidad. En el recuerdo me llevo el haber vivido una de las mejores semanas de mi vida en compañía de unas personas maravillosas a las que espero volver a ver pronto, bien sea por Holanda o por España.

Nuevo Destino.

Ahora fijo rumbo a casa, pero todavía queda algún tiempo para volver al hogar, un nuevo destino me espera. Sevilla la capital Andaluza, una ciudad que llevo tiempo queriendo visitar y aunque vivo muy cerca nunca he encontrado la oportunidad de andar por sus calles, visitar sus rincones llenos de historia que tan solo recuerdo de cuando era un niño.

Un saludo y nos vemos en el camino

Pedro E. Juzgado

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